El día en el que llegué al mundo

“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.”

Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba.

 

Querido lector, ¿cuántos días grises has pasado en la vida?, ¿cuántos días cortados por el mismo patrón?, ¿cuántas noches te has sentido vació?, ¿cuántas noches has pensado que la vida no tiene sentido?. ¿Alguien me ve? ¡Eeeeeoooooo!… [no hay respuesta] – ¿Es esto, y solo esto, lo que me cabe esperar de la vida?,… ¿Habrá algo más que aún no he descubierto?,…

Estos pensamientos revoloteaban por mi cabeza hace ya más un año, cuando un golpe de suerte me hizo conocer a alguien especial. Un maestro que se percató de mi ceguera y, tras pedirle ayuda, con compasión me agarro del brazo y me guió durante días, semanas y meses, hasta que descubrí una nueva forma de experimentar la vida. Hasta que nací de nuevo.

Para inaugurar esta nueva aventura en la que me embarco, la apertura de este blog, quiero compartir contigo como viví este momento tan personal y trascendental.

Se trata de un texto, que guardo con mucho cariño, que escribí al darme cuenta de que tras meses de introspección y reflexión, mi forma de sentir ya no era con cinco sentidos, sino con seis (tacto, gusto, olfato, oído, vista y consciencia), de que los puntos cardinales de la brújula con la que me guiaba ya no eran cuatro sino siete (norte, sur, este, oeste, el cielo, la tierra y yo mismo en el centro), de que empezaba a despreocuparme de los “por qués” y me centraba en dar respuesta a los “comos”, de que dejaba de existir en el pasado o en el futuro para estar atento al presente. De que la vida era un regalo en si misma ¡y me la habían concedido a mí!.

 

Sin más dilación, allá va:

 

“Ahora soy consciente de por qué me derrumbaba al hablar contigo. De por qué, con el simple hecho de oírte, me hacías sentir tan temeroso y apenado. Pues trajiste la guerra a mi vida.
Y no contento con someterme a tal desdicha, en ese campo de batalla en el que me obligaste a luchar, sacaste a la luz a mis peores monstruos, pusiste delante de mi a mi peor enemigo. Me liberaste de mi acusada ceguera y me arrojaste a los cielos desde donde pude verme con claridad. En otras palabras, fuiste espejo.
E hiciste algo más. Acompasádamente, en cada prueba a la que me sometías, me dotaste de armas, de virtudes con las que protegerme, de templanza, coraje y sabiduría. Me infundiste valor y me otorgaste la fortaleza con la que poder hacer frente a mis nueve infiernos. Me hiciste magnánimo. Un arma de rectitud.
Gracias a tus disertaciones descubrí y aprendí a andar el buen camino, aquel en el que todo y apenas nada depende de nosotros, aquel en el que la bondad es brújula y en el que el presente es el constructor de futuros.
Poco a poco fui derrocando máximas desvirtuadas, ganando batallas, conquistando logros, despojándome de mis defectos y descubriendo nuevas filosofías.
Hoy te doy las gracias pues ya no hay hueco para la tristeza ni para el temor en mi. Hoy estoy en posesión de decir que…
Ya no temo a nada ni a nadie pues he luchado contra mi mismo y he vencido.”

 

P.D.: Dedicado a todos los maestros que han hecho de mi, la persona que hoy en día soy.
Esos maestros aún siguen guiándome; y lo seguirán haciendo por siempre.

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